
La noche en que la tribu se redimió
“Y que disfruten de esta victoria”, fueron las últimas palabras de la bienvenida ceremoniosa con la que Nelson Jiménez presentó a los jugadores de Trotamundos. Fue una frase breve —pronunciada desde un lugar de la cancha que no llegaba a divisar— que se extendió por mucho más tiempo del que me hubiera gustado. Una victoria… ¿otra? ¿Otro juego en Fórum con final trágico para esos muchachos que yo había seguido durante toda la temporada? El espectáculo previo no ayudaba mucho, con las luces del gimnasio apagadas y un montón de máquinas que lanzaban fuego y una especie de humo aparatoso, mientras los jugadores locales salían de su esquina.
Nosotros estábamos en un lugar privilegiado, a pocos centímetros de la tribu, en su rincón. Podía verlos y escucharlos, con la certeza de que ellos también me podían escuchar a mí. Antes de la sentencia de Jiménez, Trotamundos había proyectado un video en las pantallas gigantes del estadio. Vi a Guaiqueríes, y todos estaban ignorando las imágenes; recuerdo preguntarme si ese tipo de detalles realmente surten algún efecto en ellos. Imaginé que sí y que esa abstracción escondía cierta pretensión de inmunidad y de orgullo.
La serie se había complicado más de lo que yo esperaba. Después de conseguir dos victorias en casa y del —aparentemente— inevitable derrumbe del Expreso, con la destitución de su coach, los isleños tenían todo a su favor para cerrar en Valencia, o al menos eso creía yo. Con más esperanza que realismo, compré dos entradas para el primer juego en el Fórum, aunque la emoción me duró poco; en el transcurso de ese encuentro y del siguiente no recuerdo un solo momento en que tuviera la certeza de que podríamos ganar. No sé si era la aglomeración de gente, los gritos desaforados o el bombo y los redoblantes de la parte superior del edificio, pero el simple acto de observar llegó a ser asfixiante, especialmente en el cierre de los encuentros.
Vi a los jugadores formarse en dos filas de cara a la bandera y me puse de pie con el resto del público. Ahí estaban: Bracho, Urbina, Chourio, Brito, Correa, Guerrero, Vogt, Montaño, Solano, Ascanio y Centeno, en ese orden; todos vestidos de verde, todos sumidos en su mundo, en sus pensamientos. Abstraídos, nuevamente, de pie. Y en un abrir y cerrar de ojos, el salto entre dos…
Quisiera decir que recuerdo con lujo de detalles todo lo que ocurrió, o que me concentré en anotar las jugadas para hacer una narración periodística al uso. Pero ocurre que yo fui como fanático, y que a veces una buena crónica trata de la experiencia humana más allá del hecho. Lo que sí tengo muy presente en la memoria es la preocupación por parar a Romero. Estaba convencido de que una buena noche del panameño sería fatal para nosotros. Duró, como buen maestro del baloncesto, ya había previsto este y cualquier otro inconveniente de la ofensiva rival y asignó férreas marcas para que la kriptonita de Guaiqueríes nunca quede sin un hombre alto a su lado.
Yo los veía, aplaudía con ellos, gritaba… Estaba tan cerca que me sentía uno más; como si yo también estuviese en la banca, como si mi apoyo y el de mi novia —gran compañera, guaiquerí conversa— sirvieran de algo en un recinto con 10 mil personas en contra. Nunca había estado en esas sillas. Debo admitir que, además, yo era consciente de lo infantil de ese sentimiento, y precisamente por eso no lo quise inhibir. Al final del día, lo que me mantiene tan apegado a nuestro baloncesto es poder sentirme un niño nuevamente.
Recuerdo a Solano correr la cancha mientras Duró, a un costado, intentaba darle alguna indicación apresurada. Y vi a un equipo que consiguió respuestas ante un aro que se cerró durante los últimos juegos, sobre todo para los tiros de tres. Guaiqueríes no bajó los brazos y defendía con rigor. Nadie soltaba su marca, nadie permitía ningún mismatch. En el momento en que todos se marcharon al vestuario para el medio tiempo, tuve la certeza, por primera vez desde que comenzaron a jugar en Valencia, de que la serie volvería a la isla con nosotros arriba.
De vuelta de la pausa, la gente no desistió en su intento por meter en el juego a su equipo. Cada acierto de Trotamundos, por mínimo que fuera, era celebrado con una ovación increíble. Se pasaba del silencio a la algarabía absoluta en menos de un segundo.
Con el cronómetro avanzando con celeridad, Juan Guerrero hizo un punto con autoridad en la pintura. Eliezer Montaño, que resultó tener un increíble sentido del humor, dio un golpe leve a Vogt, quien estaba a su lado en la banca, y le dijo “así tienes que hacer tú también”. Todos nos reímos. Pensé en lo importante que es tener un jugador que aporte dentro del tabloncillo, y que al mismo tiempo mantenga la moral del equipo alta.
Guaiqueríes no le cedía nada de espacio a su rival y el final se acercaba. Ambos equipos corrían la cancha ida y vuelta; sobre todo, Kender Urbina, quien mantuvo el peso de la conducción durante un tiempo considerable. Tuvo que salir con un hematoma visible en el rostro.
De repente, en un quiebre rápido, Ascanio barrió un balón que estaba en contacto con el aro y el Fórum se vino abajo al ver que los árbitros no sentenciaban nada. Luego vino una falta de Romero y el ambiente se descontroló tanto, que se tuvieron que detener las acciones por unos minutos mientras los encargados de impartir justicia salían escoltados del tabloncillo.
Quizás haya sido la Virgen del Valle quien nos dio un envión anímico final. Lo último que recuerdo del juego es un triple de esquina de Chourio. Aún puedo ver el balón recorriendo el cielo y no llego a pensar en una forma más limpia de dar un tiro de gracia. Juraría haber escuchado la red violentada, mientras el público asumía su destino.
Las seis o siete personas que apoyamos a la visita nos dimos la mano. Abracé a Melany y vi el techo circular de esa magnífica obra de ingeniería carabobeña. Vi el graderío interminable, separado del campo de batalla por unos cuantos metros, como un coliseo, y no pude evitar pensar en aquella frase… “y que disfruten esta victoria”. El señor Jiménez tenía razón; después de todo, sí la disfruté.
Texto: Ángel Torres | @otrocronista
Foto: Guaiqueríes de Margarita







