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La Línea de Castigo | FIBA y un sistema que atrofia el desarrollo

Venezuela finalizó en la segunda posición del Clasificatorio Sudamericano U15 rumbo a la FIBA AmeriCup U16. Es indudable que se debe hacer un mea culpa por caer frente a Paraguay, pero la realidad es que, históricamente, ese subcampeonato bastaba para clasificar al torneo. Con el nuevo esquema impuesto por FIBA, en el que Brasil y Argentina reciben cupo automático a las AmeriCup en categorías formativas, no solo se atrofia el desarrollo de la región, sino que se instala una suerte de clasismo deportivo al despojar de competencia igualitaria a los clasificatorios sudamericanos.

Es sabido que resulta muy difícil ver a Brasil y Argentina fuera de un torneo continental, pero los antecedentes existen: Brasil quedó al margen en 1998 y 2001; Argentina no clasificó en 2003; y en 2024, en Pasaje (Ecuador), Venezuela se coronó campeona sudamericana. Ese es el verdadero valor del roce internacional: medirse contra los dos gigantes de Sudamérica, exigirles al límite y, en ocasiones, arrebatarles la victoria en la cancha.

Al regalarles el boleto, la brecha competitiva se ensancha aún más entre esas dos potencias y el resto del continente. Países como Chile, Colombia y Paraguay han elevado su nivel, mientras que Venezuela y Uruguay sostienen su condición de tradicionales animadores de la región; sin embargo, ese proceso evolutivo se ve truncado al privarlos de medirse con regularidad ante las mejores selecciones. Quien busque justificar la medida dirá: “Bueno, Estados Unidos y Canadá también tienen el cupo asegurado”. Es verdad, pero la realidad competitiva de Norteamérica y Centroamérica dista mucho de la dinámica del cono sur.

Perder ante Paraguay y quedar eliminado por duelo directo no admite excusas dentro de la cancha, pero la decisión de escritorio cambia por completo las reglas de juego en el continente. Hoy solo ocurre en la antesala a la AmeriCup U16, aunque ya circulan versiones de que este formato podría replicarse en la selección absoluta femenina, lo que representaría una auténtica barrabasada institucional.

¿Cómo competir con otras disciplinas si las propias federaciones solo premian a una élite prediseñada? Los proyectos de desarrollo de los demás países parecen no importar. El baloncesto global (con la excepción del músculo financiero de la NBA) arrastra tensiones económicas apenas amortiguadas por el capital de Asia y Medio Oriente; aun así, el horizonte regional no luce inclusivo. El panorama es sombrío y hará todavía más cuesta arriba que un prospecto sudamericano ajeno a la órbita de Brasil o Argentina logre destacar en el plano internacional (dejando de lado a Puerto Rico y República Dominicana por su nexo formativo directo con Estados Unidos).

¿De qué sirve el trabajo estructural si el lugar en el torneo no se gana en la cancha? Venezuela ha vencido en formativas a Brasil y Argentina, y también ha caído ante Chile y Paraguay. Ahí reside la esencia del deporte: en la exigencia diaria, en la incertidumbre del resultado y en el mérito competitivo.

Imponer una segregación desconoce que cualquier equipo puede tropezar. En 2023, la propia Argentina se quedó fuera del Mundial de mayores, y en 2014, de no haber sido por una invitación (wild card, otra concesión más), Brasil tampoco hubiese asistido. La pregunta de fondo exige una respuesta clara de la dirigencia: ¿apostamos por el crecimiento integral del baloncesto continental o únicamente por blindar los privilegios de un grupo selecto?

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